Los mitos surgen cuando las personas buscan explicaciones a lo aparentemente inexplicable. Cada país y cada pueblo tienen sus propias historias, que se han mantenido a través del tiempo durante tal cantidad de años, que ya las generaciones olvidan su significado. Pero hay unos pocos mitos universales, y uno de ellos, quizá el más popular, es el de los vampiros. Éste ha sido en parte explicado por la rabia o la esquizofrenia, pero éstas enfermedades no presentan todas las características de los vampiros.

El mito del vampiro ya era conocido por los antiguos griegos. Desde allí en adelante, imaginen cualquier época de la historia, y sitúen la escena de noche. Una persona va caminando tranquilamente por la calle, cuando de pronto se topa con un “ente” que no ha visto de día: es un ser peludo, jadeante, con su cuerpo deforme y su rostro caído a pedazos, con sus manos como garras, los dientes al descubierto y la boca y nariz llenos de sangre. ¿Ficción? Para la mayoría lo es, excepto para las 200 personas en todo el mundo que padecen Porfiria Eritropoyética congénita (PEC) o Porfiria de Günther, enfermedad metabólica sumamente rara y que afecta dramáticamente la vida de los afectados y su entorno. Esta dolencia, generalmente hereditaria, es ocasionada por una excesiva acumulación de porfirina, componente de la hemoglobina, que a su vez es parte fundamental de los glóbulos rojos de la sangre. Los glóbulos rojos son los componentes más numerosos de la sangre, y están encargados de transportar el oxígeno hacia los diferentes tejidos del cuerpo.

¿Y de qué modo, tal desequilibrio en la sangre afecta al oxígeno? El oxígeno que proviene de la respiración, no es tóxico para el común de las personas. Al contrario, todos sabemos cuán esencial es para mantenernos con vida. Pero para los enfermos de porfiria, las porfirinas transmiten un exceso de energía y se libera el llamado Oxígeno Atómico. Este tipo de oxígeno es altamente reactivo y produce destrucción de los tejidos, oxidando las partes del rostro y del cuerpo más expuestas, como la nariz, las encías y los dedos. Éstas partes se “queman” -con humo incluído-, y más aún si el paciente se expone a la luz.

La excesiva sensibilidad a la luz, o fotosensitividad, no se manifiesta sólo en los ojos, sino que en todo el cuerpo. De este modo, como método de defensa, el organismo de los afectados presenta hirsutismo, o crecimiento excesivo de pelo en la piel, aún en lugares no habituales como el dorso de las manos y la nariz. Aún con esta protección sobre el cuerpo, quienes padecen porfiria no pueden exponerse a la luz del sol, pudiendo salir sólo de noche.

Además, los afectados pierden parte de la piel de sus dedos, ante lo cual sus uñas parecen más grandes de lo normal, se curvan y parecen garras. La boca de los porfíricos parece estar constantemente abierta, por la falta de labios, y los dientes –de color rojo- quedan al descubierto, de una apariencia más grande de la normal por falta de encías. Y por si eso no fuera todo, donde debería estar la nariz no hay más que dos orificios, situación que explica el jadeo para respirar, por la dificultad que este simple proceso provoca en los afectados. Y por estos orificios fluye una secreción sanguinolenta.

Y como de un mito se derivan otros, el ajo también tiene su explicación científica. El ajo, como bien sabemos, es conocido como el principal elemento que ahuyentaría a los vampiros. La explicación está en nuestro hígado: todos los hígados normales tienen la enzima Citocromo p-450, que remueve del organismo sustancias no solubles en agua, como las drogas, que presentan los mismos compuestos principales que el ajo. Pero en este proceso está directamente involucrada la hemoglobina. Por ende, si un enfermo de porfiria ingiere o huele ajo, sufrirá ataques más fuertes de su enfermedad, pues recibirá un compuesto nefasto, que su organismo no logra contrarrestar.

Si bien la porfiria no tiene cura, puede ser aliviada en sus síntomas. El principal tratamiento es la constante inyección de sangre que reciben los enfermos, pero ésta solución sólo fue descubierta en el siglo XX. ¿Cómo se las habrán arreglado los enfermos de Porfiria Eritropoyética congénita (PEC) o Porfiria de Günther, en las épocas previas? Los estudios relativos a la enfermedad señalan que es evidente la necesidad constante de recibir sangre que tienen estas personas. Saquen ustedes sus propias conclusiones.